Lo positivo de la rutina

Hace casi un año que leí en un blog que se llama “La inteligencia de las emociones” una entrada que realiza una apología de la rutina e intenta desmitificar la parte negativa de esas acciones que realizamos todos los días de forma mecánica y que aparentemente no son nada atractivas. Transcribo aquí íntegramente la entrada. A ver que os parece.

Si alguno de vosotros pasea por las calles del Greenwich Village de Nueva York se encontrará con multitud de placas como esta en las fachadas de las coquetonas casas rememorando hechos más o menos famosos o recordándonos que allí nació, vivió o murió tal o cual personalidad. Es una costumbre que los norteamericanos heredaron de los ingleses y que luego hemos seguido prácticamente en todas las ciudades con mucha o poca historia que contar. Pero hete aquí que un avispado vecino del Village mandó colocar esta placa en la que anunciaba que, precisamente en ese año, no pasó nada memorable y lo celebraba.
La rutina, la ausencia de noticias reseñables, por lo general no está bien valorada dando la sensación de que es sinónimo de vida aburrida y sin altibajos. Craso error. La rutina es una magnífica aliada. Cuando nos dislocamos un tobillo y tenemos que andar unas cuantas semanas con muletas durante las cuales ni siquiera podemos ducharnos con normalidad ¿no añoramos la rutina de tener libertad de movimientos? Cuando pasamos una situación más o menos angustiosa ¿no suspiramos deseando que la vida vuelva a la normalidad cuanto antes? Cuando durante el mes de agosto vamos a comprar la prensa a nuestro quisquero habitual y nos encontramos con el letrero de “cerrado por vacaciones” ¿no nos entra una creciente impaciencia porque regrese de una vez y no nos obligue a caminar no sé cuántas manzanas más?
La rutina tiene mala prensa, pero en el fondo es el estado por el que muchos nos envidian y que desdeñamos hasta que la perdemos, como tantas otras cosas. Podríamos definirla como la ausencia más o menos constante de sobresaltos o achaques que nos obliguen a cambiar nuestros hábitos de vida. Es tan conservadora en su apariencia como progresista en su esencia, tan lineal como necesaria, tan ordinaria como accidental, tan insulsa como confortable.
Nada funcionaría sin ella: el transporte público, la generación de energía, el ciclo de sueño y vigilia, los horarios de comida, los días de paga… Entonces ¿por qué razón tiene tan mala prensa? Porque nos empeñamos en entender sistemáticamente que lo que hay que hacer es romperla. Bien, perfecto. En ese caso ¿nos lanzamos a bajar apresuradamente los bordillos de las aceras a ver si logramos dislocarnos un tobillo, nos empeñamos en meternos en callejones oscuros a ver si nos atracan, renunciamos a cobrar nuestro salario para sentir nuevas sensaciones, comemos y dormimos cuando tengamos hambre o sueño y dónde nos venga en gana? Ah, bueno. En ese caso, bendita sea la rutina ¿no os parece?

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